Mirna Salamanca una historia de lucha y dignidad 


Aitue Noticias 

Este Chile donde la memoria es de corto plazo, hay mujeres luchadoras de toda una vida consecuente en sus convicciones políticas. En las movilizaciones estudiantil por la educación, nos encontrábamos con un grupo de valientes mujeres observadora de DDHH José Domingo Cañas, entre una mujer de apariencia frágil con su cabello sembrado de orgullosas canas. Su nombre Mirna Salamanca siempre atenta a la represión hacia los jóvenes por parte de Carabineros.  Para muchos su presencia e historia era desconocida, los que sabíamos quien era, respetamos su voluntad de pasar desapercibida entre los manifestantes y las FFEE de la policía chilena. 

 

 Mirna Salamanca Astorga, en esos años de represión y lucha contra la dictadura relata esos días. Llevaban semanas siguiéndola en 1987, la vigilancia era intensa y Mirna ya se había involucrado mucho más de lo que imaginó. Era militante del Partido Comunista desde mediados de la década del 60 pero sus años más intensos los estaba viviendo ahora. Vivía clandestina, al igual que sus hijos, por lo que tenía claro que en cualquier momento podría pasar “algo” que afectara directamente a su familia. Seguramente esta realidad que vivieron muchas familias en esos años, no los vivió el Canciller Heraldo Muñoz y que bien por él jamás supo lo que significa la represión, tortura, asesinato y prisión política. 


Su hijo menor, Ricardo Palma Salamanca, por ese entonces tenía 18 años y cursaba cuarto medio en el mismo colegio en el que ella hacía clases de educación física, el Latinoamericano.


Ricardo Palma vivía con ella. Iba al colegio, pololeaba, sacaba fotografías, se juntaba con amigos. En una semana promedio Ricardo sólo llegaba a dormir un par de veces. El resto de los días se quedaba en casa de su polola o en otro lugar incierto. Mirna lo crió con libertad, respetando sus decisiones. De esa misma manera había criado a sus otras dos hijas, Marcela y Andrea, militantes del Partido Comunista y dirigentes estudiantiles en plena década del 80 en la Universidad Católica y de Chile respectivamente.


Un día, una colega del colegio en el que trabajaba le dijo que habían preguntado por ella. Sabía exactamente lo que significaba: querían saber algo que la involucraba. Rápidamente, y con la determinación que demuestra hasta el día de hoy fue a uno de los cuarteles a saber qué es lo que querían. La interrogaron por horas, preguntándole por movimientos y conversaciones que solo podían saber si la estaban siguiendo. Después de eso, la soltaron.


A los días, tras hablar con gente de la Vicaría de la Solidaridad, le comunicaron que debía irse de Chile. “Yo no quería, pero cuando mis hijas me hicieron ver que ponía en peligro a la familia quedándome en Chile, me convencí”, recuerda hoy Mirna Salamanca a sus más de 80 años de edad, sentada en el living de su casa en la comuna de La Florida, siempre con esa mirada de serenidad, a pesar de ese dolor de madre que lleba con dignidad. 


Poco tiempo después en sus manos tenía dos pasajes de avión con destino a Suecia, uno para ella y otro para su hijo. Le pidió a Ricardo que se juntaran para comunicarle la noticia. Cuando le contó, Ricardo le respondió fuerte y claro.


    “Me dijo que no se iría por ningún motivo. Que muchas gracias, que me cuidara mucho, pero él se quedaba”.


Ese fue el momento preciso que encontró Mirna Salamanca para lanzarle a su hijo una pregunta que había aguantado por varios meses: ¿Eres parte del Frente? Ricardo se detuvo a pensar, le dijo que sí, que estaba participando pero que no se dedicaba a las acciones más importantes. Mirna Salamanca confirmó su presentimiento. Pero ya no había vuelta atrás, a los días tomó el avión y se fue de Chile sin su hijo adolescente.


Cuatro años después, Ricardo Palma Salamanca mataría a Jaime Guzmán. Al año siguiente lo tomarían preso y en 1996 sería protagonista de uno de los escapes más espectaculares ocurridos en Chile desde la cárcel de Alta Seguridad, junto a otros tres integrantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.


Adentrarnos en la vida de Mirna, es abrir ese libro de la represión sangrienta de esos años, cuando muchos como Heraldo Muñoz se abrazaban a la comodidad de esa cobardía moral. 

 

 Tras el golpe militar de 1973, Mirna Salamanca agudizó su militancia en el partido comunista. Se había inscrito en 1965, ya casada con Ricardo Palma y con dos hijas, Marcela (nace en 1962) y Daniela (1963). Para la década del 80 estaba decidida a participar en las marchas y reuniones de partido que fueran necesarias para derrocar al dictador. Se convirtió en algo esencial de su vida.


Sus dos hijas siguieron sus pasos y comenzaron a militar en el Partido. Su hijo menor, Ricardo Palma Salamanca, a los seis años le dijo a Mirna que nunca militaría como lo hacían sus hermanas. Y lo cumplió. Sin embargo Ricardo creció en un ambiente marcado por ritos, libros y conversaciones ligadas al partido.Hasta el colegio donde estudiaba, el Latinoamericano, era un refugio de gente de izquierda.


    “Yo hacía clases de educación física en el colegio Latinoamericano. El día que mataron a Manuel Guerrero y José Parada fui a trabajar como cualquier día”, relata Mirna Salamanca.


Ese 28 de marzo de 1985 “yo salí un poco antes y le dije a Ricardo que pasaría a comprar pan para tomar once y que él llegara después”, asegura. Cuando llevaba dos cuadras caminando Mirna escuchó disparos. Volvió al colegio y sólo alcanzó a ver la espalda de Guerrero y Parada subiéndose al furgón policial. Nunca más los volvió a ver.


Buscó a Ricardo en medio del caos. Profesores lloraban, estudiantes gritaban, un helicóptero rondaba el lugar. La histeria colectiva se desbordó. “Ricardo me abrazó fuerte cuando lo encontré. Estaba exaltado”.



A pesar de que Ricardo Palma sabía cómo funcionaba la represión en Chile, nunca vio tan de cerca la violencia. “Ese día en Ricardo cambió algo. Pensó que no se podía quedar con las manos cruzadas y debía actuar. Y así lo hizo”, explica Mirna.



 El 1 de abril de 1991 Ricardo Palma Salamanca, con sólo 22 años, apuntó su pistola hacia Jaime Guzmán y disparó. Será recordado para siempre como el autor material del asesinato al ideólogo de la Constitución de1980. Como si lo anterior no bastara, el 9 de septiembre del mismo año participó en el secuestro de Cristián Edwards, el hijo del dueño de El Mercurio, Agustín Edwards.


    “El último día que lo vi, previo a su detención, me prometió que pronto iríamos al cine. La mañana en la que me enteré que lo habían tomado preso, había salido a hacer un trámite y me pasé a la casa de mi hija Andrea. Cuando llegué ella estaba llorando. Me contó que en las noticias anunciaron que el Negro, uno de los integrantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, había sido capturado. El Negro era mi hijo”, recuerda Mirna.


El 25 de marzo de 1992 Ricardo Palma fue tomado preso por la policía de investigaciones mientras viajaba en una micro. Ese día Mirna, su madre que había vuelto del exilio sólo dos años atrás, lloró.


De ahí en adelante se dedicó a visitarlo cada viernes, día asignado para las visitas en la cárcel. “Hubo días que lo vi tranquilo. Otros lo vi mal, sin fuerzas. Fueron cuatro largos años de verlo un día a la semana, en los que pocas veces le hice preguntas”, asegura Mirna Salamanca.


La última vez que vio a su hijo fue el 27 de diciembre de 1996, tres días antes del escape. Ese día Gendarmería dio permiso para que los internos celebraran las fiestas navideñas con sus familias. Habilitaron un espacio en el patio para que todos entraran. Fue un día mágico. Los años anteriores la celebración se había hecho en la sala de visitas, un espacio mucho más chico. Compartieron, rieron, festejaron.


Tras despedirse, como lo había hecho de la misma forma por años, Mirna Salamanca sintió que esta vez debía voltearse a mirar a su hijo. Al mirar atrás, vio que Mauricio Hernández, más conocido como comandante Ramiro, con el ceño fruncido y moviendo la cabeza,le alentaba para que se despidiera más efusivamente de su madre. Ricardo obedeció: corrió hasta Mirna para fundirse en un abrazo, que sería el último que le daría en su vida.


Tres días después, Mirna Salamanca se enteró por la televisión que su hijo se había fugado de la cárcel junto a tres frentistas. No se alegró. Pensó que los encontrarían rápidamente y que volvería a caer preso. Esa tarde la invitaron a celebrar. Participó, pero no estaba alegre.


Un año después del escape el Frente organizó un acto en conmemoración. Días antes del acto, un frentista se acercó a Mirna Salamanca para entregarle una carta. No le dio detalles, sólo le pidió que la leyera.


“La carta estaba escrita por Ricardo. Era su letra. Me decía que estaba bien. Explicaba las razones de sus actos. Me declaraba su amor eterno y me prometía que se iba a cuidar”, recuerda hoy con una sonrisa la mujer de 84 años.


Al finalizar, le aseguraba que la vida en el futuro sería distinta, que quizá nunca lo volvería a ver, pero le pedía que entendiera que era por el bienestar de todos. En últimas palabras le explicaba que ese 30 de diciembre de 1996 se había convertido en una nueva persona y le pedía que se acostumbrara a él.


Así lo ha hecho Mirna Salamanca, aunque no lo logra del todo. Cada 1 de julio se junta toda la familia para recordar al antiguo Ricardo, ese que estaría de cumpleaños. Recuerdan sus bromas, su forma tan cariñosa, anécdotas, momentos felices y tristes. Recuerdan tomando vino en memoria del fugitivo que nunca más volvió.


    “No lo recuerdo con pena- dice Mirna Salamanca, con un rostro totalmente tranquilo-. Hace tiempo que no lloro por él. Sinceramente a estas alturas, me siento orgullosa por el hijo que crie y por lo que pude sembrar en él”.


Mirna Salamanca sabe de vigilancia y acoso policial. Ello jamás la ha atemorizado en su vida, mucho menos silenciar su voz. 

Un comentario

  1. Gracias tia Mirna
    Por ser una profesora que hasta el dia de hoy recuerdo con un gran cariño
    A los naranjitos y a la semilla que dejo en nosotros
    Un beso a la distancia

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