El archivo secreto de Mario Irarrázabal


AITUE NOTICIA

Paula Palacios

Cuarenta y cuatro años después de ser detenido y torturado, el reconocido escultor chileno tuvo acceso a un primer y único documento oficial que detalla los “cargos” en su contra. Se trata de un desclasificado de la CIA que llegó a sus manos por casualidad y que revela la intervención de un general para evitar que el artista, autor de la mano de Punta del Este y del Desierto de Atacama, fuera fusilado.

En septiembre pasado llegó a manos del escultor Mario Irarrázabal un documento que lo sorprendió: se trataba de un desclasificado de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA) de 2005, donde aparecen las razones de su detención durante la dictadura militar, en mayo de 1974. Si bien él ya sabía por la prensa de qué se le acusaba, este es el primer y único documento oficial al que ha tenido acceso en 44 años, que explica los “cargos” en su contra y su paso por el centro de torturas de calle Londres 38 y por el Estadio Chile.

El informe se lo envió su hermano sacerdote, Diego Irarrázabal, quien tuvo acceso al documento por un amigo y el cual sale mencionado en el libro Historia del Movimiento de Cristianos por el Socialismo en Chile entre 1971 y 1973, del alemán Michael Ramminger, pronto a publicarse en nuestro país por Lom Ediciones.

El desclasificado de dos páginas de la CIA da cuenta de la fuerte tensión existente entre el gobierno militar y la Iglesia durante los primeros años de dictadura y las supuestas actividades “subversivas” de algunos curas. Los dardos apuntaban, en especial, a la Congregación de Santa Cruz que administraba el colegio Saint George, según información que proporcionaba al organismo de inteligencia norteamericano el entonces ministro secretario general de gobierno, coronel Pedro Ewing. En el escrito, el militar relata con detalle el arresto de Mario Irarrázabal, quien en ese tiempo era diácono de la Congregación de Santa Cruz. Se puede leer que fue capturado y detenido por agentes de seguridad, acusado de integrar junto a unos 250 sacerdotes del movimiento Cristianos por el Socialismo -entre ellos Diego Irarrázabal, Martín Gárate y Mauricio Laborde- la célula política o militar número 3 del MIR, cuyo objetivo era reclutar adeptos para iniciar en Chile la resistencia armada de acuerdo a las comunicaciones e instrucciones oficiales que recibían desde Moscú.

Ewing afirmaba, además, en ese informe que un tal director general Valenzuela debió intervenir para que a Irarrázabal no lo fusilaran ese fin de semana que fue detenido, ya que se trataba del hijo del embajador de la Junta en Bonn, el abogado Raúl Irarrázabal Lecaros. Agregaba que, frente a estos hechos, se había alcanzado un alto nivel de acuerdo con la Iglesia Católica, que permitía a las autoridades eclesiásticas expulsar del país a los clérigos involucrados en actividades subversivas, en tanto no hayan tenido actividades violentas. Un acuerdo deseado -asegura el texto-, ya que no querían malentendidos ni problemas con la Iglesia.

-“Fue una sorpresa extraña encontrarme con este documento. Es el primer informe oficial que recibo sobre mí, ya que la Dina destruyó todos los papeles”- reflexiona el artista desde su casa-taller de Peñalolén, mientras repasa el informe de la CIA. “Hay varias cosas interesantes aquí, lo primero es tomar conciencia de cómo se puede inventar y manejar a la gente. Si uno era inocente, ¡mala suerte!, el objetivo de ellos se cumplía. También te haces una idea de cómo funciona la CIA, sin ninguna capacidad crítica, que replica información sin indagar. Y me pregunto: ¿Quién era ese señor Valenzuela que intervino para que no me fusilaran? Lo curioso es que, aunque estaban todos los partidos proscritos y no había otro poder que hiciera contrapeso, Pinochet no se atrevía a meterse con los curas, menos a torturarlos, aunque después sí… Había un cuidado por ese acuerdo que se menciona en el informe de la CIA y que está claro que existía, aunque la Iglesia nunca lo ha reconocido. Esta se transformó en un lugar de refugio, el Comité Pro Paz. Para eliminarlo, la Dina tenía que demostrar que esa gente no era santa, que estaban metidos en política y la Iglesia debía deshacerse de ellos”.

Días de torturas

Eran las 3 AM del miércoles 15 de mayo de 1974. Irarrázabal en esa época era diácono y se desempeñaba como profesor en la Escuela de Arte de la Universidad Católica. Al egresar del Saint George ingresó al noviciado de la Congregación de Santa Cruz en Minnesota, estudió Teología en la Universidad Gregoriana -escuela de papas y obispos- y paró dos años en Berlín, donde se formó como artista. Aun así, no quiso ordenarse sacerdote en Roma por estar lejos de sus raíces y porque, a esas alturas, ya tenía una visión crítica de la estructura de la Iglesia. Y aunque se sentía un hombre de izquierda y simpatizaba con movimientos como Cristianos por el Socialismo, nunca formó parte de un partido o agrupación ni estuvo de acuerdo con la vía armada.

Esa noche de mayo, Irarrázabal se encontraba en la casa parroquial que Diego, su hermano cura, compartía con otros sacerdotes del Comité Pro Paz, en la población Nueva Palena, en Peñalolén, cuando llegaron Miguel Krassnoff y Osvaldo Romo.

En un testimonio que escribió 30 días después de su detención, el artista relata con detalles aquellos días de terror:

.– Rudos golpes en puertas y paredes nos despiertan. Nuestra casita de madera tembló entera. Entraron unos 10 agentes, dos quedan afuera con metralletas. Estábamos el párroco Daniel Panchot y yo; los demás se escondieron en casas de amigos, por temor a ser arrestados, ya que manejaban mucha información. Durante las dos horas que duró el allanamiento me quedé sentado tranquilo, en contraste con los nervios de Daniel, quien se encerró con Krassnoff en la cocina. De pronto, la conversación se hizo violenta, temí lo peor. Por fin se abrió la puerta y salieron los dos. Don Miguel estaba exaltado, “lo siento mucho, padre, tendremos que tomar medidas extremas”. Le pidió a Daniel que se vistiera. Estaban por partir. De repente cambió todo. Don Miguel dijo: “Usted se queda, y nos llevamos a este otro”. Recuerdo ese momento como un relámpago que cambió toda mi vida-.

-Me pusieron una cinta en los ojos y me llevaron a Londres 38. Pasaba cada día vendado y esposado al resto de mi grupo, en esa sala blanca con molduras francesas, donde sentados esperábamos los interrogatorios, mientras hacían sonar las metralletas para simular un asesinato. En mi grupo habría unas 10 o 12 personas. Recuerdo que cuando esperábamos sentados, vendados y esposados, en círculo con la espalda contra la pared, llamaban a uno y se lo llevaban. Volvía hecho pedazos. Hasta que llegó el día en que me tocó a mí. Me habrán interrogado unas dos veces. Me sentaron en una especie de baño, con la cabeza contra los azulejos, y sentí ruido de agua en una tina. Esperé largo rato, luego me interrogó un tipo con voz profunda, sicólogo de la Dina. Me preguntaron sobre nexos entre gente de Iglesia y los partidos políticos, sobre mi colaboración con el Comité Pro Paz. Al obispo Ariztía, jefe del comité, siempre se referían como “el chucha de su madre Ariztía”. Uno de los suplicios peores era la picazón por no poder lavarse. Tantos días sudando frío, por la tensión y el miedo. Lo otro eran el hambre y el sueño. Mi estado sicológico era tal, que al tercer día comencé a tener alucinaciones.

Al cuarto día lo trasladaron al Estadio Chile, donde el artista asegura que vivió la semana más feliz de su vida.

-Aunque suene extraño, fue una experiencia fantástica. Viví momentos de solidaridad, de mucho cariño. Todos pasamos por la muerte, por lo que logramos conversaciones muy profundas. Pude ayudar enseñando idiomas y arte. Me sentía con una misión.

Una semana después, el obispo Sergio Valech y un hermano abogado ligado al mundo de los derechos humanos, Jaime Irarrázabal, fueron a buscarlo. Valech, o sea la Iglesia, debía responsabilizarse por él. Estuvo a punto de ser enviado a una residencia para sacerdotes ancianos, pero su hermano se lo llevó a su casa, donde estuvo recluido cuatro meses, en una especie de libertad condicional.

Dos años con pesadillas

Ya instalado donde Jaime Irarrázabal, veía las noticias cuando aparece en pantalla el secretario general de la Junta de Gobierno, coronel Pedro Ewing, anunciando por cadena nacional que había sido desbaratada la célula número tres del MIR, compuesta por sacerdotes y diáconos. Y que se había detenido a uno de sus miembros, Mario Irarrázabal. Los otros estaban fugitivos.

-Mi hermano fue a hablar con Jaime Guzmán y le hizo ver que todo era falso. Guzmán, que me conocía, dijo que tenía el papel de mi expulsión del país, pero que se haría el tonto.

A Irarrázabal le costó recuperar su vida y la tranquilidad. Cada vez que golpeaban la puerta se le apretaba la guata pensando que volvían a buscarlo. Estuvo sin poder dormir y con pesadillas por casi dos años.

A diferencia de la mayoría de las personas que optan por el silencio cuando pasan por traumas como la tortura, él sentía la necesidad de contarle a todo el mundo lo vivido. Sin embargo, ni sus más amigos del colegio Saint George, entre ellos el sacerdote Luis Antonio Díaz, ni gente de la Iglesia por la que él siente estuvo prisionero, fueron a visitarlo, a excepción del obispo Jorge Hourton, quien apareció un día y le pidió le narrara con detalle lo sucedido.

En los meses posteriores vivió con distintos matrimonios amigos y con los curas Ignacio Vergara, Gonzalo Aguirre y José Aldunate. A esas alturas ya estaba distanciado de la Congregación de Santa Cruz. Irarrázabal siguió su camino por el arte y la docencia.

No se acuerda cuándo comenzó a hacer una vida normal, pero partió por retomar sus clases en la Escuela de Arte de la Universidad Católica. Sus alumnos lo recibieron casi con una fiesta, sin embargo, debió renunciar al poco tiempo, tras denunciar al director de carrera por abuso sexual en contra de algunas alumnas, en una época en que, dice, nadie “inflaba” ese tipo de acusaciones. Se demoró tres años en traspasar su experiencia al arte. No se atrevía, tenía miedo, hasta que en 1977 creó la obra Casa de Tortura. Siguió con esa temática, hasta que ese mismo año un viaje a Isla de Pascua lo llevó a abandonar un estilo marcado por la contingencia y el golpe militar y se abrió a los megalíticos con esas figuras gigantes y primitivas que caracterizan su obra.

El miedo continúa

Cuarenta y cinco años han pasado, y hoy Mario Irarrázabal, ad portas de donar su obra completa, de casi 300 piezas, al Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad Austral, cree que el gobierno militar lo usó como chivo expiatorio, porque si bien reconoce que simpatizaba con muchas causas, jamás participó en algo. “Quisieron asustar a la gente de la Iglesia que estaba en el Comité Pro Paz. Y lo consiguieron. Al poco tiempo, esta deshizo el comité y creó la Vicaría de la Solidaridad”, asegura.

El 25 de mayo de 2008, en el Día del Patrimonio Cultural, el artista visitó Londres 38, hoy convertido en un espacio de memorias. Y el año pasado se reunió con siete excompañeros del Estadio Chile -hoy Estadio Víctor Jara- respondiendo al llamado del grupo de arquitectos y antropólogos a cargo de la remodelación del recinto que querían documentarse de lo allí ocurrido.

-“Contactaron como a 22 personas, hubo quienes no quisieron nada. La mayoría no se ha recuperado. Se produjeron peleas, discusiones sobre ciertos temas, lugares o fechas Había mucha tensión, los arquitectos quedaron choqueados”.

En lo personal, Mario no reconoce daños, al contrario, cree que se enriqueció con lo vivido. “Como dice el Evangelio, uno tiene que aprender a perdonar, pero no es perdonar en el aire, sino entender el sentido de las cosas. Mi conclusión es que la capacidad humana para el bien y el mal son infinitas, que bajo ciertos ambientes y presiones puedes quebrarte y hacer las cosas más aberrantes”, remata.

Fuente

La Tercera

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