Luisa Toledo: una camino de amor y consecuencia por el Derecho a la Vida


Editorial de Radio TV LIBERACIÓN

Luisa Toledo jamás dejó de luchar y ser solidaria, su casa fue un cómplice espacio de los jóvenes rebeldes donde llegaban a escuchar sus sabias reflexiones y ese amor esculpido en su dolor de madre. Hoy emprende su último viaje arropada con el cariño de su población y esa consecuencia en tu forma de vida. Vuela alto compañera Luisa Toledo nos dejas un legado, que estamos seguro germinara con la lucha de tu pueblo.

Luisa Toledo

Su esposo eterno compañero Manuel, el padre, siempre estuvo orgulloso de ser obrero y no otra cosa. Conoció a Luisa cuando ella tenía 21 años y era secretaria de la gerencia de ventas en una fábrica. Él era dirigente de una cooperativa de vivienda. Durante los sesenta, Manuel participó en la Juventud Obrera Católica (JOC), un brazo juvenil de la Iglesia Católica; el Movimiento Obrero de Acción Católica (MOAC); y la Promoción Popular, programa que lanzó Eduardo Frei Montalva para incentivar e institucionalizar la organización popular. «Yo tengo una mentalidad obrerista, como se decía en ese tiempo”, recalcando su sentido de clase, al cual jamás a renunciado.

Manuel y Luisa se casaron el 1º de diciembre de 1962. Al año siguiente llegaron a vivir a la población José Cardijn, frente a la Villa Francia, en el surponiente de Santiago. La casa esquina de calle Siete de Octubre número 599, donde vivieron todos sus hijos.

..El año que llegaron ahí nació Pablo, el mayor. Dos años después, en 1965, nació Eduardo, le siguió Rafael en 1967 y Ana en 1968. Durante la Unidad Popular, los padres se hicieron partidarios de Salvador Allende. Manuel estudio el el programa universitario que se abrió para obreros y entró a estudiar Trabajo Social a la Universidad Católica. Egresó en 1976, después del golpe militar, y se incorporó a la Vicaría de la Solidaridad a petición del sacerdote Pierre Dubois.

Con Luisa fueron entregando valores a sus hijos en sus primeros año de esa adolescencia que los llevarían el asumir un compromiso revolucionario participando de la lucha de la Resistencia. Manuel y Luisa los vieron crecer corriendo por sus calles y pasajes, la alegría de un modesto hogar fue violentada en los años de la dictadura ➡para las fiestas la familia siempre procuraba estar reunida y disfrutar de esos momentos íntimos.

Luisa trabajo en el Comité para la Promoción de la Cooperación para la Paz, antecesor de la Vicaría de la Solidaridad y más conocido como el Comité Pro Paz, creado por las iglesias chilenas en 1974 para asistir a las víctimas de la dictadura. Allí transcribía las denuncias de violaciones a los derechos humanos y fue secretaria del abogado José Zalaquett. Su compromiso por lo DDHH fue parte de su vida hasta su último aliento y en su mirada el dolor de una madre, se fue apagando sin encontrar la verdadera justicia para sus hijos.

Frente a su población, en la Villa Francia, Manuel y Luisa participaron activamente de la comunidad Cristo Liberador, su refugio social y político en los primeros años de la dictadura. Se fue forjando una amistad con muchos sacerdotes, que compartían ese compromiso social que habían asumiendo Mariano Puga, Roberto Bolton, Pierre Dubois. Los curas obreros que marcaron ese presente de lucha y solidaridad.

Los hijos de Luisa y Manuel desde muy jóvenes fueron perseguidos por la policía militarizada de Chile.

En 1983, Ana Luisa, de 14 años, fue apresada por una patrulla de carabineros e interrogada por la militancia de sus hermanos.

La familia no solo estuvo en calabozos. La dictadura le suspendió también los estudios. Pablo y Eduardo habían entrado a la universidad cuando cada uno tenía 17 años. El mayor estudió Arquitectura en la Universidad de Santiago, primero, y Pedagogía en Matemáticas en la Universidad Católica, después. Eduardo, en cambio, cursaba el segundo año de Historia y Geografía en la Academia Superior de Ciencias Pedagógicas, el Pedagógico, cuando las autoridades de la época decidieron expulsarlo. En septiembre de 1983, a diez años del Golpe Militar, la jerarquía académica del plantel determinó que la conducta de Eduardo Vergara era “reñida con su condición de estudiante y futuro maestro”.

Eduardo perseguido por sus ideales políticos junto a otros compañeros y amigos: La investigación en su contra demostró un seguimiento detallado: lo acusaron, identificando días y lugares, de pegar carteles, hacer rayados y participar en incidentes en el casino, en los prados centrales del campus, en marchas, en tomas de la biblioteca. “Es el principal promotor de todos los incidentes que se producen en la Academia”, concluyó la investigación que terminó con su salida. Agentes de seguridad lo seguían y grababan: su expediente de expulsión contenía la transcripción de dos discursos completos que en público declamó ante sus compañeros. Fue expulsado junto a otros dos estudiantes y la medida se transformó en todo un acontecimiento: gatilló protestas de sus compañeros, Eduardo y otro de los afectados se encadenaron por horas, y la entonces ministra de Educación, Mónica Madariaga, los recibió en persona.

Eduardo Vergara en Las Últimas Noticias el 24 de septiembre de 1983, se refirió a esa entrevista con la ministra Madariaga.

En el décimo aniversario del golpe de Estado, Rafael. Fue herido por una bomba lacrimógena tras participar en el funeral de un poblador de La Victoria y fue expulsado del Liceo de Aplicación, donde era alumno del Tercero Medio I.

El 18 de marzo de 1984, el hogar de los Vergara Toledo fue allanado por un piquete de 15 carabineros de la Vigésima Primera Comisaría de Estación Central, al mando del teniente Alex Ambler, y la Central Nacional de Informaciones (CNI). Nadie de la familia estaba en casa, que fue saqueada por los uniformados. El diario estatal La Nación publicó dos días después un artículo titulado así: “Allanada casa de seguridad de las Brigadas Lautaro”. El texto informaba que se había incautado numeroso material subversivo en una casa de seguridad que era empleada por el Lautaro y una fracción del MIR que actuaba en el Pedagógico. Tras el allanamiento, Eduardo decidió dejar la casa paterna y no volver más.

En ese mismo año Rafael fue detenido en la calle, cuando se preparaba para levantar una barricada. Fue golpeado duramente y trasladado a la cárcel de Puente Alto, donde permanece un tiempo. El más pequeño de los Vergara decidió también irse de la casa, asumiendo tareas de miliciano en la Resistencia contra la dictadura.

En agosto de 1984, Carabineros efectúa un allanamiento sin ninguna orden judicial en la casa de los Vergara Toledo llevándose a Pablo. Lo acusaron de estar armado y pertenecer a la resistencia. El único hijo hombre que aún permanecía en el hogar siguió el camino de sus hermanos hombres. Los tres habían pasado a la clandestinidad.

Rafael un jóven alegre y decidido profundamente cristiano y revolucionario. Organizó junto a sus amigos grupos de autodefensa para impedir el ingreso de la policía a la población.

«Mis hermanos estuvieron dispuestos a tomar las armas, no eran tres cabros que andaban pasando. Ellos eran militantes del MIR, creían en la lucha armada, y se enfrentaron con la policía acá cada vez que pudieron. No eran cabros que no cachaban nada. Por algo los mataron (…) Ellos eran combatientes”. Ana Luisa Vergara Toledo, la menor de los cuatro.

Pablo, ingresa a militar en el MIR en 1980, cuando entró a la universidad, a los 17 años. Y sus hermanos lo siguieron. Eduardo, el Pelao, como dirigente estudiantil de la Unión Nacional de Estudiantes Democráticos (UNED) primero, y luego como integrante de la coordinadora de organizaciones populares de Maipú-Las Rejas, en el frente político y de masas. Rafael en tareas de Agitación y Propaganda, un activo y frontal miliciano poblacional.

El 31 de diciembre de 1984 los hermanos rompiendo toda norma de seguridad se reunieron con sus padres . El encuentro familiar fue en casa ajena, Manuel Vergara Meza y Luisa Toledo Sepúlveda festejaron la llegada de 1985 con sus cuatro hijos. Tres de ellos vivían en precarias condiciones en clandestinidad, todos participaban en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), jóvenes con sueños e ideales que no dudaban enfrentarse a la dictadura desde su alegre rebeldía.

Por separado llegaron a lugar de encuentro familiar de la fiesta de Año Nuevo. Pablo, el mayor, Eduardo, ex dirigente universitario; Rafael, el más pequeño de los hombres, el más creyente y el más arrojado; y Ana, la menor de todos. Esa noche, la última juntos, bebieron vino y compartieron una cena familiar se abrazaron, cantaron y conversaron sobre la familia el amanecer los volvieron a su realidad militantes , Luisa y Manuel los vieron alejarse por rutas distintas con pasos seguros y dejando el calor de ese último encuentro familiar.

Tres meses después de ese encuentro en casa de una hermana de Manuel, en Pudahuel, los Vergara Toledo comenzaron la interminable tragedia de sus vidas. Y esa lucha de una madre recorrió Chile y se transforma en todo un símbolo de amor y consecuencia por la defensa del derecho a la vida.

El 29 de marzo de 1985, cuatro días antes de cumplir los 20 años, Eduardo cayó abatido por los disparos efectuados por Carabineros. Segundos después, Rafael, de 18 años, fue herido gravemente…ve a su hermano muerto y, tirado en el suelo, sin opción de levantarse, se arrastró para intentar abrazarlo y reanimarlo. Fue rematado de un disparo en la nuca. Ambos murieron a la hora del crepúsculo de ese viernes, el mismo día que degollaron a tres profesionales militantes comunistas. En esa jornada del terrorismo de Estado fue asesinada Paulina Aguirre militante del MIR en El Arrayán.

Entrevista de Augusto Góngora con Ana Vergara Toledo en el patio de la ex VicariadelaSolidaridad. Teleanálisis